Alumnos:
Impriman estas actividades para la clase que viene. Realizaremos los ejercicios en clase. Gracias.
Prof. Corina Laita
EJERCICIOS PARA 3º
AÑO
1) CORRIGE EN EL SIGUIENTE
TEXTO LOS ERRORES TEMPORALES
Autor: Franz
Kafka
Ordenaré que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no
entiende mis órdenes. Así que iré al establo yo mismo, le ponía
silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido
de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no
sabía nada, y escucha nada. En el portal me detuvo y preguntó:
“¿Adónde va el patrón?” “No lo sé”, le dije,
“simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de
aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi
meta”. “¿Así que usted conoce su meta?”, Pregunta. “Sí”,
repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.
Franz Kafka (Praga, 3 de julio de
1883 – Kierling, cerca de Klosterneuburg, Austria, 3 de junio de
1924) fue un escritor checo de idioma alemán.
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EN EL TEXTO SIGUIENTE:
IDENTIFICA LAS UNIDADES
NARRATIVAS
MARCA EJEMPLOS DE COHESIÓN Y
COHERENCIA TEXTUAL
AGREGA LA PUNTUACIÓN
NECESARIA
AGREGA LOS CONECTORES
NECESARIOS
MARCA LA PROGRESIÓN TEMÁTICA
EN RELACIÓN A LA SECUENCIA NARRATIVA.
Autor: Felisberto
Hernández
________ había dejado la adolescencia me fui a vivir a una ciudad
grande. Su centro —donde todo el mundo se movía apurado entre
casas muy altas— quedaba cerca de un río.
Yo era acomodador de
un teatro; pero fuera de allí lo mismo corría de un lado para otro;
parecía un ratón debajo de muebles viejos. Iba a mis lugares
preferidos como si entrara en agujeros próximos y encontrara
conexiones inesperadas. Además, me daba placer imaginar todo lo que
no conocía de aquella ciudad.
Mi turno en el teatro era el último
de la tarde. Yo corría a mi camarín, lustraba mis botones dorados y
calzaba mi frac verde sobre chaleco y pantalones grises; enseguida me
colocaba en el pasillo izquierdo de la platea y alcanzaba a los
caballeros tomándoles el número; pero eran las damas las que
primero seguían mis pasos cuando yo los apagaba en la alfombra roja.
Al detenerme extendía la mano y hacía un saludo en paso de minué.
Siempre esperaba una propina sorprendente, y sabía inclinar la
cabeza con respeto y desprecio. No importaba que ellos no sospecharan
todo lo superior que era yo.
________yo me sentía como un
solterón de flor en el ojal que estuviera de vuelta de muchas cosas;
y era feliz viendo damas en trajes diversos; y confusiones en el
instante de encenderse el escenario y quedar en penumbra la platea.
________yo corría a contar las propinas, y por último salía a
registrar la ciudad.
Cuando volvía cansado a mi pieza y mientras
subía las escaleras y cruzaba los corredores, esperaba ver algo más
a través de las puertas entreabiertas. __________encendía la luz,
se coloreaban de golpe las flores del empapelado; eran rojas y azules
sobre fondo negro. Habían bajado la lámpara con un cordón que
salía del centro del techo y llegaba casi hasta los pies de la cama.
Yo hacía una pantalla de diario y me acostaba con la cabeza hacia
los pies; de esa manera podía leer disminuyendo la luz y apagando un
poco las flores. Junto a la cabecera de la cama había una mesa con
botellas y objetos que yo miraba horas enteras. Después apagaba la
luz y seguí despierto hasta que oía entrar por la ventana ruidos de
huesos serruchados, partidos con el hacha, y la tos del
carnicero.
Dos veces por semana un amigo me llevaba a un comedor
gratuito. ________se entraba a un hall casi tan grande como el de un
teatro, y después se pasaba al lujoso silencio del comedor.
Pertenecía a un hombre que ofrecería aquellas cenas hasta el fin de
sus días. Era una promesa hecha por haberse salvado su hija de las
aguas del río. Los comensales eran extranjeros abrumados de
recuerdos. Cada uno tenía derecho a llevar a un amigo dos veces por
semana; y el dueño de la casa comía de esa mesa una vez por mes.
Llegaba como un director de orquesta después que los músicos
estaban prontos. Pero lo único que él dirigía era el silencio. A
las ocho, la gran portada blanca del fondo abría una hoja y aparecía
el vacío en penumbra de una habitación contigua; y de esa oscuridad
salía el frac negro de una figura alta con la cabeza inclinada hacia
la derecha. Venía levantando una mano para indicarnos que no
debíamos pararnos, todas las cartas se dirigían hacia él, pero no
los ojos: ellos pertenecían a los pensamientos que en aquel instante
habitaban las cabezas. El director hacía un saludo al sentarse,
todos dirigían la cabeza hacia los platos y pulsaban sus
instrumentos. Entonces cada profesor de silencio tocaba para sí.
_________ se oía picotear los cubiertos; pero a los pocos instantes
aquel ruido volaba y quedaba olvidado. Yo empezaba, simplemente, a
comer. Mi amigo era como ellos y aprovechaba aquellos momentos para
recordar su país. De pronto yo me sentía reducido al círculo del
plato y me parecía que no tenía pensamientos propios. Los demás
eran como dormidos que comieran al mismo tiempo y fueran vigilados
por los servidores. Sabíamos que terminábamos un plato porque en
ese instante lo escamoteaban; y pronto nos alegraba el siguiente. A
veces teníamos que dividir la sorpresa y atender al cuello de una
botella que venía arropada en una servilleta blanca. Otras veces nos
sorprendía la mancha oscura del vino que parecía agrandarse en el
aire mientras sostenía el cristal de la copa.
A las pocas
reuniones en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los
objetos de la mesa y podía tocar los instrumentos para mí solo.
Pero no podía dejar de preocuparme por el alejamiento de los
invitados.
_________el «director» apareció en el segundo mes,
yo no pensaba que aquel hombre nos obsequiara por haberse salvado su
hija, yo insistía en suponer que la hija se había ahogado. Mi
pensamiento cruzaba con pasos inmensos y vagos las pocas manzanas que
nos separaban del río; entonces yo me imaginaba a la hija, a pocos
centímetros de la superficie del agua; allí recibía la luz de una
luna amarillenta; pero al mismo tiempo resplandecía de blanco, su
lujoso vestido y la piel de sus brazos y su cara.
Tal vez aquel
privilegio se debiera a las riquezas del padre y a sacrificios
ignorados. A los que comían frente a mí y de espaldas al río,
también los imaginaba ahogados: se inclinaban sobre los platos como
si quisieran subir desde el centro del río y salir del agua; los que
comíamos frente a ellos, les hacíamos una cortesía pero no les
alcanzábamos la mano.
Una vez en aquel comedor oí unas palabras.
Un comensal muy gordo había dicho: «Me voy a morir». Enseguida
cayó con la cabeza en la sopa, como si la quisiera tomar sin
cuchara; los demás habían dado vuelta sus cabezas para mirar la que
estaba servida en el plato, y todos los cubiertos habían dejado de
latir. Después, se había oído arrastrar las patas de las sillas,
los sirvientes llevaron al muerto al cuarto de los sombreros e
hicieron sonar el teléfono para llamar al médico. Y antes que el
cadáver se enfriara ya todos habían vuelto a sus platos y se oían
picotear los cubiertos.
Al poco tiempo yo empecé a disminuir las
corridas por el teatro y a enfermarme de silencio. Me hundía en mí
mismo como en un pantano. Mis compañeros de trabajo tropezaban
conmigo, y yo empecé a ser un estorbo errante. Lo único que hacía
bien era lustrar los botones de mi frac. Una vez un compañero me
dijo: «¡Apúrate, hipopótamo!» Aquella palabra cayó en mi
pantano, se me quedó pegada y empezó a hundirse. Después me
dijeron otras cosas. Y cuando ya me habían llenado la memoria de
palabras como cacharros sucios, evitaban tropezar conmigo y daban
vuelta por otro lado para esquivar mi pantano.
Algún tiempo
después me echaron del empleo y mi amigo extranjero me consiguió
otro en un teatro inferior.
Allí iban mujeres mal vestidas y
hombres que daban poca propina. Sin embargo, yo traté de conservar
mi puesto. Pero en uno de aquellos días más desgraciados apareció
ante mis ojos algo que me compensó de mis males. Había estado
insinuándose poco a poco. Una noche me desperté en el silencio
oscuro de mi pieza y vi en la pared empapelada de flores violetas,
una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que ocurría algo
extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la
mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a
la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla;
pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a
través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los
objetos míos.
No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de
mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho
tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis
dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo
cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si
aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella
brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa.
¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la
oscuridad?Cada noche yo tenía más luz. De día había llenado la
pared de clavos; y en la noche colgaba objetos de vidrio o porcelana:
eran los que se veían mejor. En un pequeño ropero —donde estaban
grabadas mis iniciales, pero no las había grabado yo—, guardaba
copas atadas del pie con un hilo, botellas con el hilo al cuello,
platitos atados en el calado del borde, tacitas con letras doradas,
etc. Una noche me atacó un terror que casi me lleva a la locura.
Me había levantado para ve si me había quedado algo más en el
ropero; no había encendido la luz eléctrica y vi mi cara y mis ojos
en el espejo, con mi propia luz. Me desvanecí. Y cuando me desperté
tenía la cabeza debajo dela cama y veía los fierros como si
estuviera debajo de un vpuente. Me juré no mirar nunca más aquella
cara mía y aquellos ojos de otro mundo. Eran de un color amarillo
verdoso que brillaba como el triunfo de una enfermedad desconocida;
los ojos eran grandes redondeles, y la cara estaba dividida en
pedazos que nadie podría juntar ni comprender.
Me quedé despierto hasta que subió el ruido de los huesos
serruchados y cortados con el hacha.
Al otro día recordé que
hacía pocas noches iba subiendo el pasillo de la platea en penumbra
y una mujer me había mirado los ojos con las cejas fruncidas. Otra
noche mi amigo extranjero me había hecho burla diciéndome que mis
ojos brillaban como los de los gatos. Yo trataba de no mirarme la
cara en las vidrieras apagadas, y prefería no ver los objetos que
había tras los vidrios. Después de haber pensado mucho en los modos
de utilizar la luz, siempre había llegado a la conclusión de que
debía utilizarla cuando estuviera solo.
En una de las cenas y antes que apareciera el dueño de casa en la
portada blanca, vi la penumbra de la puerta entreabierta y sentí
deseos de meter los ojos allí. Entonces empecé a planear la manera
de entrar en aquella habitación, pues ya había entrevisto en ellas
varias vitrinas cargadas de objetos y había sentido aumentar la luz
de mis ojos.
El hall del gran comedor daba a una calle, pero la casa cruzaba
toda la manzana y tenía la entrada principal por otra calle; yo ya
me había paseado muchas veces por la calle del hall y había visto
varias veces al mayordomo: era el único que andaba por allí a esas
horas. Cuando caminaba de frente con las piernas y los brazos
torcidos hacia afuera, parecía un orangután; pero al verlo de
costado, con la cola del frac muy dura, parecía un bicharraco. Una
tarde, antes de cenar, me atrevía a hablarle. Él me miraba
escondiendo los ojos detrás de cejas espesas, mientras yo le decía:
Me gustaría hablarle de un asunto particular, pero
tengo que pedirle reserva.
Usted dirá, señor.
Yo… ahora él miraba al piso y esperaba …tengo en los
ojos una luz que me permite ver en la oscuridad…
Comprendo, señor.
¡Comprende, no! le contesté
irritado. Usted no puede haber conocido a nadie que viera en
la oscuridad.
Dije que comprendía sus
palabras, señor, pero ya lo creo que ellas me asombran.
Escuche. Si nosotros entramos a esa habitación la de los sombreros y
cerramos la puerta, usted
puede poner encima de la mesa cualquier objeto que tenga en
el bolsillo y yo le diré qué es.
Pero señor decía él,
si en ese momento viniera…
Si es el dueño de la casa, yo
le doy autorización para que se lo diga. Hágame el favor; es un
momentito nada más.
¿Y para qué?…
Ya se lo explicaré. Ponga cualquier cosa en la mesa apenas
yo cierre la puerta, y enseguida le
diré…
Lo más pronto que pueda, señor…
Pasó ligero, se acercó a la mesa, yo cerré la puerta y al instante
le dije:
¡Usted ha puesto la mano abierta y nada más!
Bueno, me basta, señor.
Pero ponga algo que tenga en el
bolsillo…
Puso el pañuelo; y yo, riéndome, le dije:
¡Qué pañuelo sucio!
El también se rió, pero de pronto le
salió un graznido ronco y enderezó hacia la puerta. Cuando la abrió
tenía una mano en los ojos y temblaba. Entonces me di cuenta que me
había visto la cara, y eso yo no lo había previsto. Él me decía,
suplicante:
—¡Váyase, señor! ¡Váyase, señor!
Y empezó
a cruzar el comedor. Estaba ya iluminado pero vacío.
En la
próxima vez que el dueño de casa comió con nosotros, yo le pedí a
mi amigo que me permitiera sentar me cerca de la cabecera donde se
ubicaba el dueño—.
El mayordomo tendría que servir allí, y no
podría esquivarme. Cuando trata el primer plato sintió sobre él
mis ojos y le empezaron a temblar las manos. Mientras el ruido de los
cubiertos entretenía el silencio, yo acosaba al mayordomo. Después
lo volví a ver en el hall. Él me decía:
—¡Señor, usted me
va a perder!
—Si no me escucha, ya lo creo que lo
perderé.
—¿Pero qué quiere el señor de mí?
—Que me
permita ver, simplemente ver, puesto que usted me revisará a la
salida, las vitrinas de la habitación contigua al comedor.
Empezó
a hacer señas con las manos y la cabeza antes de poder articular
ninguna palabra. Y cuando pudo, dijo:
—Yo vine a esta casa,
señor, hace muchos años…
A mí me daba pena, y fastidio de
tener pena. Mi lujuria de ver me lo hacía considerar como un
obstáculo complicado. Él me hacía la historia de su vida y me
explicaba por qué no podía traicionar al dueño de casa. Entonces
lo interrumpí intimidándolo:
—Todo eso es inútil puesto que
él no se enterará, además, usted se portaría mucho peor si yo le
revolviera la cabeza por dentro. Esta noche vendré a las dos, y
estaré en aquella habitación hasta las tres.
—Señor,
revuélvame la cabeza y máteme.
—No; te ocurrirían cosas mucho
más horribles que la muerte.
Y en el instante de irme le
repetí:
—Esta noche, a las dos, estaré en la puerta.
Al
salir de allí necesité pensar algo que me justificara. Entonces me
dije: «Cuando él vea que no ocurre nadano sufrirá más». Yo
quería ir esa noche porque me tocaba cenar allí, y aquellas comidas
con sus vinos me excitaban mucho y me aumentaban la luz.
Durante
esa cena el mayordomo no estuvo tan nervioso como yo esperaba, y
pensé que no me abriría la puerta. __________ fui a las dos, y me
abrió. __________, mientras cruzaba el comedor detrás de él y de
su candelabro, se me ocurrió la idea de que él no había resistido
la tortura de la amenaza, le había contado todo el dueño y me
tendrían preparada una trampa. Apenas entramos en la habitación de
las vitrinas lo miré: tenía los ojos bajos y la cara inexpresiva;
entonces le dije:
—Tráigame un colchón. Veo mejor desde el
piso y quiero tener el cuerpo cómodo.
Vaciló haciendo
movimientos con el candelabro y se fue. Cuando me quedé solo y
empecé a mirar, creí estar en el centro de una constelación.
Después pensé que me atraparían. El mayordomo tardaba. Para
prenderme a mí no hubieran necesitado un colchón con una mano
porque en la otra traía el candelabro. Y con voz que sonó demasiado
entre aquellas vitrinas, dijo:
—Volveré a las tres.
Al
principio yo tenía miedo de verme reflejado en los grandes espejos o
en los cristales de las vitrinas. Pero tirado en el suelo no me
alcanzaría ninguno de ellos. ¿Por qué el mayordomo estaría tan
tranquilo? Mi luz anduvo vagando por aquel universo, pero yo no podía
alegrarme. Después de tanta audacia para llegar hasta allí, me
faltaba el coraje para estar tranquilo. Yo podía mirar una cosa y
hacerla mía teniéndola en mi luz un buen rato, pero era necesario
estar despreocupado y saber que tenía derecho a mirarla. Me decidí
a observar un pequeño rincón que tenía cerca de los ojos. Había
un libro de misa con tapas de carey veteado como el azúcar quemado,
pero en una de las esquinas tenía un calado sobre el que descansaba
una flor aplastada. Al lado de él enroscado como un reptil, yacía
un rosario de piedras preciosas. Esos objetos estaban al pie de
abanicos que parecían bailarinas abriendo sus anchas polleras; mi
luz perdió un poco de estabilidad al pasar sobre algunos que tenían
lentejuelas; y por fin se detuvo en otro que tenía un chino con cara
de nácar y traje de seda. Sólo aquel chino podía estar aislado en
aquella inmensidad; tenía una manera de estar fijo que hacía pensar
en el misterio de la estupidez. Sin embargo, él fue lo único que yo
pude hacer mío aquella noche. Al salir quise darle una propina al
mayordomo.
Pero él la rechazó diciendo:
—Yo no hago esto
por interés, señor; lo hago obligado por usted.
En la segunda
sesión miré miniaturas de jaspe, pero al pasar mi luz por encima de
un pequeño puente sobre él cruzaban elefantes me di cuenta de que
en aquella habitación había otra luz que no era la mía. Di vuelta
los ojos antes que la cabeza y vi avanzar una mujer blanca con un
candelabro. Venía desde el principio de la ancha avenida bordeada de
vitrinas. Me empezaron espasmos en la sien que enseguida corrieron
como ríos dormidos a través de las mejillas; después los espasmos
me envolvieron el pelo con vueltas de turbante. Por último aquello
descendió por las piernas y se anudó en las rodillas. La mujer
venía con la cabeza fija y el paso lento. Yo esperaba que su
envoltura de luz llegara hasta el colchón y ella soltara un grito.
Se detenía unos instantes; y al renovar los pasos yo pensaba que
tenía tiempo de escapar; pero no me podía mover. A pesar de las
pequeñas sombras en la cara se veía que aquella mujer era
bellísima: parecía haber sido hecha con las manos y después de
haberla bosquejado en un papel. Se acercaba demasiado, pero yo
pensaba quedarme quieto hasta el fin del mundo. Se paró a un costado
del colchón. Después empezó a caminar pisando con un pie en el
piso y el otro en el colchón. Yo estaba como un muñeco extendido en
un escaparate mientras ella pisara con un pie en el cordón de la
vereda y el otro en la calle. Después permanecí inmóvil a pesar de
que la luz de ella se movía de una manera extraña. Cuando la vi
pasar de vuelta, ella hacía un camino en forma de eses por entre el
espacio de una vitrina a la otra, y la cola del peinador se iba
enredando suavemente en las patas de las vitrinas. Tuve la sensación
de haber dormido un poco antes que ella hubiera llegado a la puerta
del fondo. La había dejado abierta al venir y también la dejó
irse. Todavía no había desaparecido del todo la luz de ella, cuando
descubrí que había otra detrás de mí. Ahora me puede levantar.
Tomé el colchón por una punta y salí para encontrarme con el
mayordomo. Le templaba todo el cuerpo y el candelabro. No podía
entender lo que decía porque le castañeteaban los dientes
postizos.
Yo sabía que en próxima sesión ella aparecería de
nuevo; no podía concentrarme para mirar nada, y no hacía otra cosa
que esperarla. Apareció y me sentí más tranquilo. Todos los hechos
eran iguales a la primera vez; el hueco de los ojos conservaba la
misma fijeza; pero no sé dónde estaba lo que cada noche tenía de
diferente. Al mismo tiempo yo ya sentía costumbre y ternura. Cuando
ella venía cerca del colchón tuve una rápida inquietud: me di
cuenta que no pasaría por la orilla sino que cruzaría por encima de
mí. Volví a sentir terror y a creer que ella gritaría. Se detuvo
cerca de mis pies. Después dio un paso sobre el colchón; otro
encima de mis rodillas —que temblaron, se abrieron e hicieron
resbalar el pie de ella— otro paso del otro pie en el colchón;
otro paso en la boca de mi estómago; otro más en el colchón, y
otro de manera que su pie descalzo se apoyó en mi garganta. Y
después perdí el sentido de lo que ocurría de la más delicada
manera: pasó por mi cara toda la cola de su peinador perfumado.
Cada
noche los hechos eran más percibidos; pero yo tenía sentimientos
distintos. Después todos se fundían y las noches parecían pocas.
La cola del peinador borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar
espacios de unaire tan delicado como el que hubiera podido mover las
sábanas de la infancia. A veces ella interrumpía un instante el
roce de la cola sobre mi cara; entonces yo sentía la angustia de que
me cortaran la comunicación y la amenaza de un presente desconocido.
Pero cuando el roce continuaba y el abismo quedaba salvado, yo
pensaba en una broma de la ternura y bebía con fruición todo el
resto de la cola.
A veces el mayordomo me decía:
¡Ah, señor!
¡Cuánto tarda en descubrirse todo esto! Pero yo iba a mi pieza,
cepillaba lentamente mi traje negro en el lugar de las rodillas y el
estómago, y después me acostaba para pensar en ella. Había
olvidado mi propia luz: la hubiera dado toda por recordar con más
precisión cómo la envolvía a ella la luz de su
candelabro.
Repasaba sus pasos y me imaginaba que una noche ella
se detendría cerca de mí y se hincaría; entonces, en vez del
peinador, yo sentiría sus cabellos y sus labios. Todo esto lo
componía de muchas maneras; y a veces le ponía palabras: «Querido
mío, yo te mentía…» Pero esas palabras no me parecían de ella y
tenía que empezar a suponer todo de nuevo. Esos ensayos no me
dejaban dormir; y hasta penetraban un poco en los sueños. Una vez
soñé que ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de
luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era
le vestido blanco de la novia con una larga cola que ella llevaba
lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se
tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de un color negro muy
brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me
arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo, yo me
sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al
perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas
parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al
perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa
y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma.
Yo le había trasmitido al perro una idea y él la había recibido
con una sonrisa. Era ésta: «Tú te dejas llevar pero tú piensas en
otra cosa».
Después, en la madrugada, oía serruchar la carne y
golpear con el hacha.Una noche en que había recibido pocas propinas,
salí del teatro y bajé hasta la calle más próxima al frío. Mis
piernas estaban cansadas, pero mis ojos tenían gran necesidad de
ver. Al pararme en una casucha de libros viejos vi pasar una pareja
de extranjeros; él iba vestido de negro y con una gorra de apache;
ella llevaba en la cabeza una mantilla española y hablaba en alemán.
Yo caminaba en dirección de ellos, pero ellos iban apurados y me
habían sacado ventaja. Sin embargo, al llegar a la esquina
tropezaron con un niño que vendía caramelos y le desparramaron los
paquetes. Ella se reía, le ayudaban a juntar la mercancía y al fin
le dio unas monedas.
Y fue al volverse a mirar por última vez al
vendedor, cuando reconocí a mi sonámbula y me sentí caer en un
pozo de aire. Seguí a la pareja ansiosamente; yo también tropecé
con una gorda que me dijo:
—Mirá por donde vas, imbécil.
Yo
casi corría y estaba a punto de sollozar. Ellos llegaron a un cine
barato, y cuando él fue a sacar las entradas ella dio vuelta la
cabeza. Me miró con cierta insistencia porque vio mi ansiedad, pero
no me conoció. Yo no tenía la menor idea. Al entrar me senté
algunas filas delante de ellos y, en una de las veces que me di
vuelta para mirarla, ella debe haber visto mis ojos en la oscuridad,
pues empezó a hablarle a él con alguna agitación.
Al rato yo me
di vuelta otra vez; ellos hablaron de nuevo, pero pocas palabras y en
voz alta. E inmediatamente abandonaron la sala. Yo también. Corría
detrás de ella sin saber lo que iba a hacer. Ella no me reconocía;
y además se me escapaba con otro. Yo nunca había tenido tanta
excitación y aunque sospechaba que no iría a buen fin, no podía
detenerme. Estaba seguro de que en todo aquello había confusión de
destinos; pero el hombre que iba apretado al brazo de ella se había
hundido la gorra hasta las orejas y caminaba cada vez más ligero.
Los tres nos precipitábamos como en un peligro de incendio; yo ya
iba cerca de ellos, y esperaba quién sabe que desenlace.
Ellos
bajaron la vereda y empezaron a cruzar la calle corriendo; yo iba a
hacer lo mismo, y en ese instante me detuvo otro hombre de gorra;
estaba sentado en un auto, había descargado un cornetazo y me estaba
insultando.
Apenas desapareció el auto yo vi a la pareja
acercarse a un policía. Con el mismo ritmo con que caminaba tras
ellos me decidí a ir para otro lado. A los pocos metros me di
vuelta, pero no vi a nadie que me siguiera. Entonces empecé a
disminuir la velocidad y a reconocer el mundo de todos los días.
Había que andar despacio y pensar mucho. Me di cuenta que iba a
tener una gran angustia y entré en una taberna que tenía poca luz y
poca gente; pedí vino y empecé a gastar de las propinas que
reservaba para pagar la pieza. La luz salía hacia la calle por entre
las rejas de una ventana abierta; y se le veían brillar las hojas de
un árbol que estaba parado en el cordón de la vereda. A mí me
costaba decidirme a pensar en lo que pasaba. El piso era de tablas
viejas con agujeros. Yo
pensaba que el mundo en que ella y yo nos
habíamos encontrado era inviolable; ella no lo podría abandonar
después de haberme pasado tantas veces la cola del peinador por la
cara; aquello era un ritual en que se anunciaba el cumplimiento de un
mandato. Yo tendría que hacer algo. O tal vez esperar algún aviso
que ella me diera en una de aquellas noches. Sin embargo, ella no
parecía saber el peligro que corría en sus noches despiertas,
cuando violaba lo que le indicaban los pasos del sueño. Yo me sentía
orgulloso de ser un acomodador, de estar en la más pobre taberna y
de saber, yo solo —ni siquiera ella lo sabía—, que con mi luz
había penetrado en un mundo cerrado para todos los demás. Cuando
salí de la taberna vi un hombre que llevaba gorra. Después vi
otros. Entonces tuve una idea de los hombres de gorra: eran seres que
andaban por todas partes, pero que no tenían nada que ver conmigo.
Subí a un tranvía pensando que cuando fuera a la sala de las
vitrinas llevaría escondida una gorra y de pronto se la mostraría.
Un hombre gordo descargó su cuerpo, al sentarse a mi lado, y yo ya
no pude pensar más nada.
A la próxima reunión yo llevé la
gorra, pero no sabía si la utilizaría. Sin embargo, apenas ella
apareció en el fondo de la sala, yo saqué la gorra y empecé a
hacer señales como con un farol negro. De pronto la mujer se detuvo
y yo, instintivamente, guardé la gorra; pero cuando ella empezó a
caminar volví a sacarla y a hacer las señales. Cuando ella se paró
cerca del colchón tuve miedo y le tiré con la gorra; primero le
pegó en el pecho y después cayó a sus pies. Todavía pasaron unos
instantes antes de que ella soltara un grito. Se le cayó el
candelabro haciendo ruido y apagándose. Enseguida oí caer el bulto
blando de su cuerpo seguido de un golpe más duro que
sería la
cabeza. Yo me paré y abrí los brazos como para tantear una vitrina,
pero en ese instante me encontré con mi propia luz que empezaba a
crecer sobre el cuerpo de ella. Había caído como si enseguida fuera
a tener un sueño dichoso; los brazos le habían quedado
entreabiertos, la cabeza echada hacia un lado y la cara pudorosamente
escondida bajo las ondas del pelo. Yo recorría su cuerpo con mi luz
como un bandido que la registrara con una linterna; y cerca de los
pies me sorprendí al encontrar un gran sello negro, en el que pronto
reconocí mi gorra.
Mi luz no sólo iluminaba a aquella mujer,
sino que tomaba algo de ella. Yo miraba complacido la gorra y pensaba
que era mía y no de ningún otro, pero de pronto mis ojos empezaron
a ver en los pies de ella un color amarillo verdoso parecido al de mi
cara aquella noche que la vi en el espejo de mi ropero. Aquel color
se hacía más brillante en algunos lados del pie y se oscurecía en
otros. Al instante aparecieron pedacitos blancos que me hicieron
pensar en los huesos de los dedos. Ya el horror giraba en mi cabeza
como un humo sin salida. Empecé a hacer de nuevo el recorrido de
aquel cuerpo; ya no era el mismo, y yo no reconocía su forma; a la
altura del vientre encontré, perdida, una de sus manos, y no veía
en ella nada más que los huesos. No quería mirar más y hacía un
gran esfuerzo para bajar los párpados. Pero mis ojos, como dos
gusanos que se movieran por su cuenta dentro de mis órbitas,
siguieron revolviéndose hasta que la luz que proyectaban llegó
hasta la cabeza de ella. Carecía por completo de pelo, y los huesos
de la cara tenía un brillo espectral como el de un astro visto con
un telescopio. Y de pronto oí al mayordomo: caminaba fuerte,
encendía todas las luces y hablaba enloquecido. Ella volvió a
recobrar sus formas, pero yo no la quería mirar. Por una puerta que
yo no había visto entró el dueño de casa y fue corriendo a
levantar a la hija. Salía con ella en brazos cuando apareció otra
mujer; todos se iban, y el mayordomo no dejaba de gritar:
—Él
tuvo la culpa; tiene una luz del infierno en los ojos. Yo no quería
y él me obligó…
Apenas me quedé solo pensé que me ocurría
algo muy grave. Podría haberme ido; pero me quedé hasta que entró
de nuevo el dueño. Detrás venía el mayordomo y dijo:
—¡Todavía
está aquí!
Yo iba a contestarle. Tardé en encontrar la
respuesta; sería más o menos esta: «No soy persona de irme así de
una casa. Además tengo que dar una explicación». Pero también me
vino la idea de que sería más digno no contestar al mayordomo. El
dueño ya había llegado hasta mí. Se arreglaba el pelo con los
dedos y parecía muy preocupado. Levantó la cabeza con orgullo y,
con el ceño frun-
cido y los ojos empequeñecidos, me
preguntó:
—¿Mi hija lo invitó a venir a este lugar?
Su voz
parecía venir de un doble fondo que él tuviera en su persona. Yo me
quedé tan desconcertado que no pude decir más que:
—No, señor.
Yo venía a ver estos objetos… y ella me caminaba por encima…
El
dueño iba a hablar, pero se quedó con la boca entreabierta. Volvió
a pasarse los dedos por el pelo y parecía pensar: «No esperaba esta
complicación».
El mayordomo empezó a explicarle otra vez la luz
del infierno y todo lo demás. Yo sentía que toda mi vida era una
cosa que los demás no comprendían. Quise reconquistar el orgullo y
dije:
—Señor, usted no podrá entender nunca. Si le es más
cómodo, envíeme a la comisaría.
Él también recobró su
orgullo:
—No llamaré a la policía, porque usted ha sido mi
invitado, pero ha abusado de mi confianza, y espero que su dignidad
le aconsejará lo que debe hacer. Entonces yo empecé a pensar un
insulto. Lo primero que me vino a la cabeza fue decirle «mugriento».
Pero enseguida quise pensar en otro. Y fue en esos instantes cuando
se abrió, sola, una vitrina, y cayó al suelo una mandolina. Todos
escuchamos atentamente el sonido de la caja armónica y de las
cuerdas. Después el dueño se dio vuelta y se iba para adentro en el
momento que el mayordomo fue a recoger la mandolina; le costó
decidirse a tomarla, como si desconfiara de algún embrujo; pero la
pobre mandolina parecía, más bien, un ave disecada. Yo también me
di vuelta y empecé a cruzar el comedor haciendo sonar mis pasos; era
como si anduviera dentro de un instrumento.
En los días que
siguieron tuve mucha depresión y me volvieron a echar del empleo.
Una noche intenté colgar mis objetos de vidrio en la pared, pero me
parecieron ridículos. Además fui perdiendo la luz; apenas veía el
dorso de mi mano cuando la pasaba por delante de los ojos.
Felisberto Hernández (Montevideo,
20 de octubre de 1902 — Montevideo, 13 de enero de 1964) fue un
escritor uruguayo que se caracteriza por unas obras de literatura
fantástica pero basadas en la experiencia más personal.