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Tuesday, 2 May 2017

LA BIOGRAFÍA

LA BIOGRAFÍA
ESTE TIPO DE TEXTO ES CATEGORIZADO COMO TEXTO NO FICCIONAL. EXISTE LA BIOGRAFÍA EN TERCERA PERSONA, DONDE UN NARRADOR CUENTA LA VIDA DE UNA PERSONALIDAD, Y LA BIOGRAFÍA EN PRIMERA PERSONA ES UNA AUTOBIOGRAFÍA.
EXISTE UNA VARIANTE A ESTA FORMA LITERARIA: LA BIOGRAFÍA NOVELADA. ESTA VARIEDAD YA DEMUESTRA LA ACCIÓN POÉTICA DE UNA INTERVENCIÓN CREATIVA QUE PERMITE DAR CUENTA DE UNA CONSTRUCCIÓN ARTÍSTICA, PUESTO QUE LA VISIÓN ES POCO OBJETIVA Y, AUNQUE FIEL A LOS HECHOS, NARRA LA VIDA DE OTRO DE MANERA NOVELADA, ES DECIR: CONSTRUYE UN PERSONAJE A PARTIR DE UNA PERSONALIDAD. POR ELLO, ES UN TEXTO FICCIONAL.
CARACTERÍSTICAS:
-          NARRAR VIDA DE PERSONALES REALES
-          SUELEN SER PERSONAJES SIGNIFICATIVOS A NIVEL CULTURAL E HISTÓRICAMENTE RECONOCIDOS.
-          HECHOS NARRADOS DE FORMA CRONOLÓGICA
-          TIENEN NARRADOR EN TERCERA PERSONA (BIOGRAFíA)
-          TIENEN NARRDADOR EN PRIMERA PERSONA (AUTOBIOGRAFÍA)
-          EN ALGUNOS CASOS LA VOZ DEL PROPIO PROTAGONISTA SE REPRODUCE A MODO DE DOCUEMENTO O TESTIMONIO.
-          SE RECURREN A DIVERSAS FUENTES Y TESTIMONIOS PARA DAR FIDELIDAD A LOS HECHOS
-          ESAS FUENTES SE ACLARAN PARA DAR CONFIABILIDAD AL LECTOR

VER EL CAPÍTULO DEL MANUAL QUE TRABAJA ESTE TEMA Y AMPLÍEN LA INFORMACIÓN DADA.

REALIZAR LAS ACTIVIDADES DE LAS PÁGINAS 27 Y 29 SOBRE EL CUENTO REALISTA “INFIERNO GRANDE” Y LAS ACTIVIDADES DE LA PÁGINAS 33 Y 35 SOBRE LA BIOGRAFÍA ESCRITA POR PIERRE KALFON

Thursday, 27 October 2016

TEMAS DE TRIMESTRAL

TEMAS PARA LA EVALUACIÓN TRIMESTRAL


  1. PROPOSICIONES INCLUIDAS SUSTANTIVAS Y ADJETIVAS
  2. ORACIÓN COMPUESTA Y COMPLEJA
  3. ELEMENTOS SINTÁCTICOS EN EL TEXTO
  4. RELACIONES INTERTEXTUALES ENTRE "CARMILLIA" Y "DRÁCULA"
  5. TEXTO TEATRAL: "GRIS DE AUSENCIA", "EL AVARO"

Monday, 4 July 2016

El cuento de ciencia ficción

Queridos alumnos:

Les pediré que se organicen en grupos y traigan para esta semana (la segunda clase de esta semana) información sobre el Cuento de Ciencia Ficción, sobre algunos de sus más destacados autores (Isaac Asimov, Ray Bradbury, entre otros) y alguno de sus cuentos y lo compartiremos en clase.

¡¡Muchas gracias!!

Prof. CORINA LAITA

Friday, 6 May 2016

Temario de Evaluación Trimestral

TEMAS DE LA EVALUACIÓN TRIMESTRAL

- Funciones comunicativas del lenguaje
- Competencias comunicativas
- Cohesión y Coherencia
- Relaciones cohesivas en el texto
- Paradigma de los tiempos verbales
- Cumbres borrascosas de Emily Brontë
- Conceptos del género: Gótico, Biografía y Diario Íntimo

                                                                                         Prof. Corina Ofelia Laita

Wednesday, 30 March 2016

Competencias y contenidos

RÉGIMEN Y CRITERIOS DE EVALUACIÓN.
a) Promoción: Los estudiantes deben cumplir y aprobar con un promedio mayor o igual a 7 (siete)  con la evaluación de diagnóstico; evaluaciones escritas que integren los contenidos, trabajos prácticas de acuerdo con los temas proyectados; evaluaciones orales que integren los contenidos y carpeta de trabajo diario, completa y en perfecto estado de orden y prolijidad. 

b) Calificaciones que se promediarán para el resultado de cada trimestre:
• Evaluaciones escritas y orales parciales.
• Evaluación integral anual.
• Trabajos prácticos (temas a convenir) los cuales constarán de dos instancias: una escrita y una oral.

c) Criterios: La evaluación del alumno es Integral y se tendrá en cuenta su participación, predisposición y compromiso con la materia. Los TP deberán ser entregados en tiempo y forma y con las pautas acordadas con el docente. Los escritos deberán cumplir con las pautas de legibilidad, cohesión, coherencia y ortografías necesarias. Es indispensable que el alumno concurra con las actividades y el material solicitado, como con la carpeta completa que será visada.
COMPETENCIAS TERMINALES.
• Participen, periódicamente, de sesiones de comentario de las obras literarias:
- aporten sus interpretaciones;
- comparen los autores, los géneros, las temáticas y otros ejes de análisis pautados
- hablen sobre sus experiencias de lectura de esas obras y escuchen las de sus compañeros;
- respondan de manera oral o escrita a los interrogantes explicitados sobre las obras.

• Den cuenta de los criterios utilizados para resumir u organizar en cuadros distintos textos explicativos justificando la importancia de la elección.
• Empleen distintos recursos lingüísticos en la producción de textos.
• Extraigan y expresen de manera oral y escrita conclusiones en torno a la problemática explicada.
• Analicen las distintas marcas de subjetividad que aparecen en los textos con opinión.
• Reconozcan y usen estrategias argumentativas.
▪ Identificación y aplicación de la variedad en Registro
▪ Identificación, aplicación y reconocimiento de elementos estructurales de la lengua y de ítems cohesivos gramaticales que favorecen la
Cohesión y Coherencia textual.



CONTENIDOS
a) Ámbito de la Literatura

El Realismo, Género Cs. Ficción, Género Fantástico, lo Gótico, Género Lírico, Género  Dramático

b) Ámbito del Estudio

La Biografía, Los tipos textuales, La crónica Periodística, Discurso Científico, Texto de Opinión, La monografía, la Publicidad, La entrevista, Conversión de tipo textual.

c) Ámbito de la Formación ciudadana

El  Testimonio, Competencia  comunicativa. Discurso  político, Las variaciones lingüísticas

d) Enfoque lingüístico

Ítems Cohesivos, El Verbo, Tiempos en la narración, Correlación de verbos irregulares, Relaciones Cohesivas
Esquema de comunicación y funciones del lenguaje, Usos de la Lengua, Oración compuesta, Oración Compleja (PIS, PIA, PIAdv) Recursos Argumentativos
FV pasiva con se y Haber impersonal
La polifonía, DDi y  DIn, Polisemia

Monday, 2 November 2015

TEMAS DE EVALUACIÓN TRIMESTRAL



Queridos Chicos:

                            Ya saben que nuestra materia quedó desafectada del cronograma de integradoras anuales por disposición ministerial. Por ello, les envío en nuevo temario que tendremos en la evaluación trimestral que será la misma fecha en la que se había programado la evaluación anterior.

                             Podrán usar los libros, como siempre, y será individual y a carpeta y manual cerrados. ¡A estudiar!


                                                                                                                           Prof. Corina Laita



TEMAS:

- PROPOSICIONES INCLUIDAS (PIA, PIS, PIAdv. PROPIAS E IMPROPIAS)
- GÉNERO FANTÁSTICO: MOBY DICK 
- PARADIGMA DE TIEMPOS VERBALES,
- TIPOS  DE VERBO (COPULATIVOS, TRANSITIVOS, INTRANSITIVOS)
- ARGUMENTOS DEL VERBO (AGENTE/ACTOR, TEMA O DESTINATARIO,
                                                        BENEFICIARIO O DAMNIFICADO)
-  ORACIONES COMPUESTAS Y COMPLEJAS

Monday, 10 August 2015

Ejercicios para la Trimestral

Alumnos de 3º Año:

1)       Identifiquen en el siguiente fragmento las Oraciones con PSO, PSØ y PO
2)       Analicen y marquen su relación cohesiva.
3)       Identifica los tipos de construcciones verbales que encuentran.



Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el suelo hasta taparlo con un manto de nieve. Pero esa nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las casas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pegado, helado, frío y pegajoso.




La joven se ha desmayado en brazos de Drácula. El conde, sin dificultad, la lleva a su palacio. Sus ojos se entrecierran amenazadores.
La joven se halla recostada cómodamente sobre la almohada. Drácula se le acerca con actitud amenazante y amorosa a la vez.


Se vistió de fiesta. Nos miramos amorosamente. Me puse mi mejor traje y salimos a cenar. Se juntaron nuestras manos. Nuestros ojos se miraron y nosotros nos fundimos en un abrazo.

Tuesday, 9 June 2015

EL TIEMPO EN EL RELATO

Queridos Alumnos:

Les dejo unas páginas del manual para que vayamos reforzando la importancia de los tiempos verbales en la acción narrativa y en la cohesión y coherencia textual. Las páginas que quiero que lean y estudien son: 36, 37,38, 39. Además, realicen las actividades de Activados de las pags.: 37 ( 1 y 2) y 39 (sólo b). 
Bueno, en clase revisaremos los contenidos y aclararemos las dudas. Muchas gracias. 

Thursday, 28 May 2015

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Hola, Chicos:

Les dejo el Prólogo de un hermoso libro de este autor que nos toca conocer. Además de traerlo para la próxima clase de la primer semana de Junio, les pediré que rastreen este texto en la red y por grupo se organicen para traer un cuento cada grupo. Recuerden que son 12 cuentos. Un saludo y hasta pronto.

Prólogo a "Doce cuentos peregrinos"
¿Por qué doce, por qué cuentos y por qué peregrinos? 

Gabriel García Márquez







Los doce cuentos de este libro fueron escritos en el curso de los últimos dieciocho años. Antes de su forma actual, cinco de ellos fueron notas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro lo conté hace quince años en una entrevista grabada, y el amigo a quien se lo conté lo transcribió y lo publicó, y ahora lo he vuelto a escribir a partir de esa versión. Ha sido una rara experiencia creativa que merece ser explicada, aunque sea para que los niños que quieren ser escritores cuando sean grandes sepan desde ahora qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir.
La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona.
Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. "Eres el único que no puede irse" me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.


No sé por qué, aquel sueño ejemplar lo interpreté como una toma de conciencia de mi identidad, y pensé que era un buen punto de partida para escribir sobre las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa. Fue un hallazgo alentador, pues había terminado poco antes: El Otoño del Patriarca, que fue mi trabajo más arduo y azaroso, y no encontraba por dónde seguir.
Durante unos dos años tomé notas de los temas que se me iban ocurriendo sin decidir todavía qué hacer con ellos. Como no tenía en casa una libreta de apuntes la noche en que resolví empezar, mis hijos me prestaron un cuaderno de escuela. Ellos mismos lo llevaban en sus morrales de libros en nuestros viajes frecuentes por temor de que se perdiera. Llegué a tener sesenta y cuatro temas anotados con tantos pormenores, que solo me faltaba escribirlos.
Fue en México, a mi regreso de Barcelona, en 1974, donde se me hizo claro que este libro no debía ser una novela, como me pareció al principio, sino una colección de cuentos cortos, basados en hechos periodísticos pero redimidos de su condición mortal por la astucias de la poesía. Hasta entonces había escrito tres libros de cuentos. Sin embargo, ninguno de los tres estaba concebido y resuelto como un todo, sino que cada cuento era una pieza autónoma y ocasional. de modo que la escritura de los sesenta y cuatro podía ser una aventura fascinante si lograba escribirlos todos con un mismo trazo, y con una unidad interna de tono y de estilo que los hiciera inseparables en la memoria del lector.
Los dos primeros -El rastro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes- los escribí en 1976, y los publiqué enseguida en suplementos literarios de varios países. No me tomé ni un día de reposo, pero a mitad del tercer cuento, que era por cierto el de mis funerales, sentí que estaba cansándome más que si fuera una novela. Lo mismo me ocurrió con el cuarto. Tanto, que no tuve aliento para terminarlos. Ahora sé por qué el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más intimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura. Alguien que no recuerdo lo dijo bien con una frase de consolación: "Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica". Es cierto que no rompí los borradores y las notas, pero hice algo peor: los eché al olvido.
Recuerdo haber tenido el cuaderno sobre mi escritorio de México, náufrago en una borrasca de papeles, hasta 1978. Un día, buscando otra cosa, caí en la cuenta de que lo había perdido de vista desde hacía tiempo. No me importó. Pero cuando me convencí de que en realidad no estaba en la mesa sufrí un ataque de pánico. No quedó en la casa un rincón sin registrar a fondo. Removimos los muebles, desmontamos la biblioteca para estar seguros de que no se había caído detrás de los libros, y sometimos al servicio y a los amigos a inquisiciones imperdonables. Ni rastro. La única explicación posible -¿o plausible?- es que en algunos de los tantos exterminios de papeles que hago con frecuencia se fue el cuaderno para el cajón de la basura.
Mi propia reacción me sorprendió: los temas que había olvidado durante casi cuatro años se me convirtieron en un asunto de honor. Tratando de recuperarlos a cualquier precio, en un trabajo tan arduo como escribirlos , logré reconstruir las notas de treinta. Como el mismo esfuerzo de recordarlos me sirvió de purga, fui eliminando sin corazón los que me parecieron insalvables, y quedaron dieciocho. Esta vez me animaba la determinación de seguir escribiéndolos sin pausa, pero pronto me di cuenta de que les había perdido el entusiasmo. Sin embargo, al contrario de lo que siempre les había aconsejado a los escritores nuevos, no los eché a la basura sino que volví a archivarlos. Por si acaso.
Cuando empecé "Crónica de una muerte anunciada", en 1979 comprobé que en la pausas entre los dos libros perdía el hábito de escribir y cada vez me resultaba más difícil empezar de nuevo. Por eso, entre octubre de 1980 y marzo de 1984, me impuse la tarea de escribir una nota semanal en periódicos de diversos países, como disciplina para mantener el brazo caliente. Entonces se me ocurrió que mi conflicto con los apuntes del cuaderno seguía siendo un problema de géneros literarios y que en realidad no debían ser cuentos sino notas de prensa. Solo que después de publicar cinco notas tomadas del cuaderno, volvía a cambiar de opinión: eran mejores para el cine. Fue así como hicieron cinco películas y un serial de televisión.
Lo que nunca preví fue que el trabajo de prensa y de cine me cambiaría ciertas ideas sobre los cuentos, hasta el punto de que al escribirlos ahora en su forma final he tenido que cuidarme de separar con pinzas mis propias ideas de las que me aportaron los directores durante la escritura de los guiones. Además, la colaboración simultánea con cinco creadores diversos me sugirió otro método para escribir los cuentos: empezaba uno cuando tenía el tiempo libre, lo abandonaba cuando me sentía cansado o cuando surgía algún proyecto imprevisto, y luego empezaba otro. En poco más d e un año, seis de los dieciocho temas se fueron al cesto de los papeles, y entre ellos el de mis funerales, pues nunca logré que fuera una parranda como la del sueño. Los cuentos restantes, en cambio, parecieron tomar aliento para una larga vida.
Ellos son los doce de este libro. En septiembre pasado estaban listos para imprimir después dos años de trabajo intermitente. Y así hubiera terminado su incesante peregrinaje de ida y vuelta al cajón de la basura, de no haber sido porque a última hora me mordió una duda final. Puesto que las distintas ciudades de Europa donde ocurren los cuentos las había descrito de memoria y a distancia, quise comprobar la fidelidad de mis recuerdos casi veinte años después, y emprendí un rápido viaje de reconocimiento a Barcelona, Ginebra, Roma y París.
Ninguna de ellas tenía ya nada que ver con mis recuerdos. Todas, como toda la Europa actual, estaban enrarecidas por una inversión asombrosa: los recuerdos reales me parecían fantasmas de la memoria, mientras los recuerdos falsos eran tan convincentes que habían suplantado a la realidad. De modo que me era imposible distinguir la línea divisoria entre la desilusión y la nostalgia. Fue la solución final. Pues por fin había encontrado la que más me hacía falta para terminar el libro, y que sólo podía dármelo el transcurso de los años; una perspectiva en el tiempo.
A mi regreso de aquel viaje venturoso reescribí todos los cuentos otra vez desde el principio en ocho meses febriles en los que no necesité preguntarme dónde terminaba la vida y dónde empezaba la imaginación, porque me ayudaba la sospecha de que quizás no fuera cierto nada de lo vivido veinte años antes en Europa. La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación. Además, trabajando todos los cuentos a la vez y saltando de uno a otro con plena libertad, conseguí una visión panorámica que me salvó del cansancio de los comienzos sucesivos, y me ayudó a cazar redundancias ociosas y contradicciones mortales. Creo haber logrado así el libro de cuentos mas próximo al que siempre quise escribir.
Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre. Todos los cuentos, salvo los dos primeros fueron terminados al mismo tiempo, y cada uno lleva la fecha en que lo empecé. El orden en que están en esta edición es el que tenían en el cuaderno de notas.
Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber entonces cuál debe ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa. De todos modos, por las dudas, no volveré a leerlos, como nunca he vuelto a leer ninguno de mis libros por temor de arrepentirme. El que los lea sabrá qué hacer con ellos. Por fortuna, para estos doce cuentos peregrinos terminar en el cesto de los papeles debe ser como el alivio de volver a casa.
Gabriel García Márquez
Cartagena de Indias, abril, 1992


Wednesday, 6 May 2015

TEMAS TRIMESTRAL DE P. DEL LENGUAJE


TEMAS DE LA EVALUACIÓN TRIMESTRAL DE P. DEL LENGUAJE

+ El viejo y el mar de E. Hemingway
+ Características de Género Realista
+ "Infierno Grande" cuento realista
+ La Biografía: Tipo de texto y características.
+ Subjetividad y Objetividad en el discurso
+ Trama Textual
+ Funciones del Lenguaje
+ Tipos de Género literario
+ Texto ficcional y no ficcional
+ El Verbo: Morfema Flexivo, Verbos regulares e irregulares, Correlación de Irregularidades.

Monday, 4 May 2015

BIOGRAFÍA NOVELADA Y ANUNCIO

Alumnos de 3° Año:

1º) La semana que viene tendremos la evaluación de P. del Lenguaje, referida a la novela El viejo y el mar. En la misma también se evaluará Funciones del Lenguaje y Géneros discursivos atendiendo a las diferentes TRAMAS Y FUNCIONES que podemos encontrar.
Las actividades se realizarán sobre textos de la novela, por ejemplo: ¿Qué tipo de trama y función del lenguaje encuentras en este fragmento? Y realizarán la consigna sobre el fragmento dado.
Van a poder trabajar con la novela, puesto que las preguntas no se refieren directamente a la novela, sino a una interpretación de la misma.
No olviden repasar los contenidos que hemos trabajado en la clase y prestar atención a las marcas reflexivas que la obra nos ofrece.

2º) No olviden que deberán realizar, para esta semana 3ºB y para el lunes de la semana entrante 3ºA, una Biografía novelada sobre la vida y obra de E.  Hemingway. Luego en clase ajustaremos los criterios de producción. Quiero darles aviso de las condiciones de presentación:
-          hoja A4
-          Word, Arial 12
-          interlineado 1,5
-          imprimir la carilla derecha, no ambos lados de la hoja
-          márgenes de 3cm
-          incorporar imágenes
-          extensión no más de 4 carillas
-          presentar encarpetado con carátula que indique: materia, nombre del alumno, curso y división, nombre de la actividad “Biografía novelada sobre la vida y obra de E. Hemingway” y un nombre creado por uds. Ej: Un pescador de emociones.

Muchas gracias y un gran saludo.


                                                                                                                                     Prof. Corina Laita 

Tuesday, 31 March 2015

Lengua en uso y tramas del lenguaje.

Queridos Alumnos:

                             Como esta semana será breve, les encargo un T.P. que podrán hacer entre no más de tres personas y deberán entregarlo luego de semana santa, según el día en que nos toque reencontrarnos en la semana del 6/4/15.

                             Deberán realizar las actividades propuestas en las páginas 15 y 17 del Manual con la inscripción de ACTIVADOS. Durante la semana ajustaremos los criterios de entrega y de evaluación que comprenderá: - Conceptos adquiridos en la interpretación de los contenidos: "La Lengua en Uso: Múltiples                            miradas" y "El Texto: La Trama del Lenguaje".
                      - Presentación, caligrafía legible y ortografía.
                      - Profundidad y complejidad en la elaboración de las consignas.

                             Quedo disponible a cualquier consulta que necesiten hacer y les envío desde ya un deseo de felicidades para Uds. y sus familias en esta fecha tan especial. Un saludo.


Prof. Corina Ofelia Laita

Monday, 20 October 2014

Poemas


Queridos Alumnos:

Como les he prometido, aquí les mando tres poemas de César Vallejos, el poeta peruano del que les hablé y que conocieron en la evaluación, para que lo aprecien en todo su esplendor. Les pediré que los lean, revisen los términos que no comprendan y los traigan para la semana próxima que los analizaremos en clase. Como tarea les dejo que busquen los datos más importantes de su biografía. ¡A trabajar y que lo disfruten!
Prof. Corina Ofelia Laita



POEMAS DE CÉSAR VALLEJOS

AMOR PROHIBIDO

¡Subes centelleante de labios y de ojeras!
¡Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras!

¡Amor, en el mundo tú eres un pecado!
¡Mi beso en la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa…
puro en su blasfemia,
el corazón que engendra al cerebro!
que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.
¡Platónico estambre
que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?
¿Tú acaso lo escuchas?¡Inocente flor!
¡Y saber que donde no hay un Padrenuestro,
el Amor es un Cristo pecador!




AUSENTE

¡Ausente! La mañana en que me vaya
más lejos de lo lejos, al Misterio,
como siguiendo inevitable raya,
tus pies resbalarán al cementerio.

¡Ausente! La mañana en que a la playa
del mar de sombra y del callado imperio,
como un pájaro lúgubre me vaya,
será el blanco panteón tu cautiverio.

Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.

¡Ausente! Y en tus propios sufrimientos
ha de cruzar entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos.



LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!




Monday, 15 September 2014

Mary Shelley

¡Hola, Chicos!

Bueno, aquí les mando las consignas del Trabajo Práctico que deberán entregar en 10 días.

Quiero que un texto tan importante como el de Frankenstein o en moderno Prometeo de Mary Shelley no pase desapercibido por nuestras manos. Es por ello que les mando aquí un trabajo de investigación sobre la autora y su obra y, para ver si estuvieron atentos a la lectura, un ejercicio de memoria visual que incluye un cruce entre las escenas de la película de Kennet Branagh y Robert De Niro y  el texto.

1) Investiguen sobre el proceso de creación de la obra y establezcan relaciones con la obra en sí misma. Por ejemplo: ¿cómo se dio el proceso creativo?; ¿de quién fue la idea?;  ¿por qué surgen estos temas relacionados con la ciencia de la medicina? Busquen referencias en la obra y expliquen.

2) Se comenta en la obra un procedimiento de investigación científica que es el Galvanismo: ¿en qué consiste?;  ¿cómo y por qué se cita? Expliquen y registren la cita del texto.

3) Relacionen el mito de Prometeo con el título de la obra. ¿Qué tienen que ver entre sí? ¿Podemos pensar que El Dr. Víctor Frankenstein comete el pecado de soberbia?

4) Investiguen y den cuenta en citas textuales de la novela sobre el Pensamiento Científico de la época: ¿qué es el Positivismo y el Empirismo?

5) Investiguen sobre los sucesos históricos que se dieron en el contexto de producción de la obra, 1816, y den cuenta de la influencia sobre esta autora de los avances científicos, las transformaciones políticas, los nuevos movimientos intelectuales y filosóficos de la época. Registra ejemplos en la obra.

6) El texto se adelanta en su tiempo en temas de mucha actualidad: clonación, trasplante de órganos, técnicas de electro shock.  Pero hay un tema que persigue al Hombre a lo largo de todos los tiempos: el elixir de la vida. ¿Cómo se ve evidenciado en el texto?

7) ¿Qué es y cómo se evidencia en la obra la Ética científica? ¿Cuándo surge y por qué?

8) Marque al menos 4 diferencias narrativas de la historia de la película respecto de la obra literaria. Explíquelas.

Prof. Corina Laita

Friday, 8 August 2014

Julio Cortázar

Hola, Chicos! Les mando el cuento de Julio Cortázar que seleccioné para ustedes. Tienen que imprimirlo y traerlo leído para trabajar en clases. Recuerden que al igual que con la Biografía de Franz Kafka, se pide ahora una sobre este autor. Es importante que la realicen con su propia redacción. No se aceptará que sea copiada de internet o de la contratapa de uno de sus libros. La idea es que cuenten la vida de este escritor con sus propias palabras, así como si estuvieran contándole a un amigo sobre la vida y obra de un personaje destacado, tomando en cuenta sus obras y vivencias que consideran más relevantes. Ese trabajo es individual y con nota. Lo deben traer terminado para la semana próxima y en condiciones de presentación adecuada. Sí se permite bajar imágenes o fragmentos de sus testimonios de vida de internet. Bueno, a disfrutar de este cuento! Gracias.
Prof. Corina Laita

Casa tomada
Por Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
FIN


Friday, 13 June 2014

SILVINA OCAMPO

QUERIDOS ALUMNOS:

LES PIDO QUE TRAIGAN ESTE CUENTO PARA LA SEMANA QUE VIENE. MUCHAS GRACIAS.


El mi, el si o el la


Alma Bestiglia no era simpática; tal vez dedicara sus dones de simpatía a
sus animales domésticos, pues nadie la quería, salvo mi madre, que tampoco la
quería, así lo sospecho pues nunca le daba un beso ni la mano al saludarla,
aunque le llevara las sobras de las comidas de nuestra casa para que alimentara
su jardín zoológico, como ella llamaba al grupo de animales que había
seleccionado y que alojaba en el patio. Vivía en una casa pequeña en las afueras
de la ciudad, con dos perros, un gato, tres canarios naranjados, una gacela, un
papagayo y un tero. A veces sacaba los canarios de las jaulas y los dejaba
sueltos mientras tejía o remendaba la ropa, siempre cantando, pues tenía voz de
soprano, muy llamativa, aguda como flauta. En la casa de su bisabuela había una fotografía de María Barrientos, de quien le contaban la biografía, pero ella quería parecerse a Maggy Taite, de quien había oído un disco inolvidable. Paulo Ricci, el vecino, decía a todo el mundo que Alma podía cantar, con el tiempo, en el Teatro Colón, en vez de estar encerrada en esa casucha, entre animales, como una infeliz. Suposición gratuita: Alma era feliz, pero la felicidad termina, aunque
dependa de animales y no de hombres, que son tan traicioneros.

El favorito de Alma era Terco, el gato de ojos azules: dormía a sus pies,
como una perfecta alfombra. Ella lo perfumaba con su vaporizador. Durante el
día, Terco se acostaba en el almohadón de la mecedora, y sobre la cama a la
hora de la siesta o por la noche. Salía a la calle, como un perro, detrás de ella,
cuando ésta iba al mercado, al dentista, a la mercería, a comprar hilos y agujas,
o a la carnicería, al almacén o a la farmacia. Alma, después de caminar tres
cuadras, cargaba a Terco en sus brazos, de miedo que se le perdiera en el
camino. Terco era tan bonito que la gente no se reía de ella, al verla pasar con
aquel incongruente felino que parecía un perro. Terco, que en la sombra parecía
la mitad de un gato por ser negro de un lado y atigrado del otro, llamaba la
atención de su dueña, que era, si se la miraba bien, de una voluptuosa belleza,
que sin recurrir a los afeites deslumbraba a quien tuviera la paciencia de mirarla.

Una tarde Terco desapareció de la casa, al oír una nota aguda, un si o un mi
o un sol prolongado, que Alma dio en su canción. Dicen que los gatos al oír un mi, un mi o un sol, no sé si sostenidos o bemoles, lo dejan todo, aunque estén en el mejor de los sueños, en lo mejor de una cópula o comiendo un alimento que les guste mucho, para irse en busca de una aventura. Hacía calor aquella noche y estaban las persianas entreabiertas. Durante mucho tiempo Alma deploró ese
descuido; pero Alma no sabía que nada en el mundo puede detener a un gato
que oye el sonido de una nota, un la, un si, un sol. Terco no volvió a aparecer. A
Paulo Ricci se le hizo el campo orégano: pensó que podía ocupar el sitio de Terco en el corazón o en el alma de Alma, que no le había concedido nunca sus
favores.

Alma primero esperó, después se resintió, después se entristeció, lloró y
finalmente hizo lo que hacen todas las mujeres cuando las han abandonado: se
vengó, volcó su cariño sobre Nardo, el perro ovejero, que hasta ese momento no
había significado para ella más que un guardián de la casa o un vigilante de la
esquina. Nardo, al sentir el cariño que le prodigaban, comprendió en seguida que pasaba a ser el preferido de la casa. Venció el asco que le producía el olor a gato del almohadón de la mecedora y de la cama de Alma, que ocupó. Alma cantaba sin que su voz provocara cataclismos. Fueron días felices. Alma y Nardo paseaban por las calles. Nardo era un verdadero perro, que nunca parecía un gato. La felicidad no dura.

Del color de la noche, una noche volvió Terco. Entró por la ventana, con un
salto triunfal, pero se detuvo como un esputo ruidoso y se arqueó al ver el
espectáculo. Su pelo emitió luz, lo dijo Paulo Ricci lo cual me deja mucho que
pensar porque ¿acaso había presenciado la escena?. Nardo estaba despierto,
pegado a Alma, y Alma dormía; eran la imagen de la inocencia. Como un
relámpago Terco saltó sobre el cuello de Alma para ultimarla y Nardo se
abalanzó sobre Terco para defender a Alma, y lo mató a tiempo, pues, de
haberla defendido un poco más tarde Alma hubiera muerto.

Alma quedó sin voz para el resto de sus días. La pobrecita escribió en el
papel, al volver en sí: "Estoy frita. Llamen al otorrinolaringólogo". De la gente
que acudió a socorrerla, al oír tantos ruidos, nadie supo descifrar la palabra
otorrinolaringólogo: creyeron que era el nombre de un nuevo animal y alguien
corrió a la jaula del patio, donde había un mono recién adquirido. Terco había
cortado las cuerdas vocales de Alma, el tesoro de sus encantos, pero Nardo no
necesitó de la voz de Alma para acudir y obedecerla y le obedeció mirándole los
ojos hasta el fin de sus días, pues Alma murió antes que Nardo muriera exhausto
de tanto vigilar aquellos párpados que no volvieron a abrirse.



Silvina Ocampo

Wednesday, 30 April 2014

Ejercitación

Alumnos:
Impriman estas actividades para la clase que viene. Realizaremos los ejercicios en clase. Gracias.

Prof. Corina Laita


EJERCICIOS PARA 3º AÑO

1) CORRIGE EN EL SIGUIENTE TEXTO LOS ERRORES TEMPORALES

La partida

Autor: Franz Kafka
Ordenaré que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entiende mis órdenes. Así que iré al establo yo mismo, le ponía silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escucha nada. En el portal me detuvo y preguntó: “¿Adónde va el patrón?” “No lo sé”, le dije, “simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. “¿Así que usted conoce su meta?”, Pregunta. “Sí”, repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.

Franz Kafka (Praga, 3 de julio de 1883 – Kierling, cerca de Klosterneuburg, Austria, 3 de junio de 1924) fue un escritor checo de idioma alemán.
______________________________________________________________________________
EN EL TEXTO SIGUIENTE: 
  1. IDENTIFICA LAS UNIDADES NARRATIVAS
  2. MARCA EJEMPLOS DE COHESIÓN Y COHERENCIA TEXTUAL
  3. AGREGA LA PUNTUACIÓN NECESARIA
  4. AGREGA LOS CONECTORES NECESARIOS
  5. MARCA LA PROGRESIÓN TEMÁTICA EN RELACIÓN A LA SECUENCIA NARRATIVA.

El acomodador

Autor: Felisberto Hernández

________ había dejado la adolescencia me fui a vivir a una ciudad grande. Su centro —donde todo el mundo se movía apurado entre casas muy altas— quedaba cerca de un río.
Yo era acomodador de un teatro; pero fuera de allí lo mismo corría de un lado para otro; parecía un ratón debajo de muebles viejos. Iba a mis lugares preferidos como si entrara en agujeros próximos y encontrara conexiones inesperadas. Además, me daba placer imaginar todo lo que no conocía de aquella ciudad.
Mi turno en el teatro era el último de la tarde. Yo corría a mi camarín, lustraba mis botones dorados y calzaba mi frac verde sobre chaleco y pantalones grises; enseguida me colocaba en el pasillo izquierdo de la platea y alcanzaba a los caballeros tomándoles el número; pero eran las damas las que primero seguían mis pasos cuando yo los apagaba en la alfombra roja. Al detenerme extendía la mano y hacía un saludo en paso de minué. Siempre esperaba una propina sorprendente, y sabía inclinar la cabeza con respeto y desprecio. No importaba que ellos no sospecharan todo lo superior que era yo.
________yo me sentía como un solterón de flor en el ojal que estuviera de vuelta de muchas cosas; y era feliz viendo damas en trajes diversos; y confusiones en el instante de encenderse el escenario y quedar en penumbra la platea. ________yo corría a contar las propinas, y por último salía a registrar la ciudad.
Cuando volvía cansado a mi pieza y mientras subía las escaleras y cruzaba los corredores, esperaba ver algo más a través de las puertas entreabiertas. __________encendía la luz, se coloreaban de golpe las flores del empapelado; eran rojas y azules sobre fondo negro. Habían bajado la lámpara con un cordón que salía del centro del techo y llegaba casi hasta los pies de la cama. Yo hacía una pantalla de diario y me acostaba con la cabeza hacia los pies; de esa manera podía leer disminuyendo la luz y apagando un poco las flores. Junto a la cabecera de la cama había una mesa con botellas y objetos que yo miraba horas enteras. Después apagaba la luz y seguí despierto hasta que oía entrar por la ventana ruidos de huesos serruchados, partidos con el hacha, y la tos del carnicero.
Dos veces por semana un amigo me llevaba a un comedor gratuito. ________se entraba a un hall casi tan grande como el de un teatro, y después se pasaba al lujoso silencio del comedor. Pertenecía a un hombre que ofrecería aquellas cenas hasta el fin de sus días. Era una promesa hecha por haberse salvado su hija de las aguas del río. Los comensales eran extranjeros abrumados de recuerdos. Cada uno tenía derecho a llevar a un amigo dos veces por semana; y el dueño de la casa comía de esa mesa una vez por mes. Llegaba como un director de orquesta después que los músicos estaban prontos. Pero lo único que él dirigía era el silencio. A las ocho, la gran portada blanca del fondo abría una hoja y aparecía el vacío en penumbra de una habitación contigua; y de esa oscuridad salía el frac negro de una figura alta con la cabeza inclinada hacia la derecha. Venía levantando una mano para indicarnos que no debíamos pararnos, todas las cartas se dirigían hacia él, pero no los ojos: ellos pertenecían a los pensamientos que en aquel instante habitaban las cabezas. El director hacía un saludo al sentarse, todos dirigían la cabeza hacia los platos y pulsaban sus instrumentos. Entonces cada profesor de silencio tocaba para sí. _________ se oía picotear los cubiertos; pero a los pocos instantes aquel ruido volaba y quedaba olvidado. Yo empezaba, simplemente, a comer. Mi amigo era como ellos y aprovechaba aquellos momentos para recordar su país. De pronto yo me sentía reducido al círculo del plato y me parecía que no tenía pensamientos propios. Los demás eran como dormidos que comieran al mismo tiempo y fueran vigilados por los servidores. Sabíamos que terminábamos un plato porque en ese instante lo escamoteaban; y pronto nos alegraba el siguiente. A veces teníamos que dividir la sorpresa y atender al cuello de una botella que venía arropada en una servilleta blanca. Otras veces nos sorprendía la mancha oscura del vino que parecía agrandarse en el aire mientras sostenía el cristal de la copa.
A las pocas reuniones en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los objetos de la mesa y podía tocar los instrumentos para mí solo. Pero no podía dejar de preocuparme por el alejamiento de los invitados.
_________el «director» apareció en el segundo mes, yo no pensaba que aquel hombre nos obsequiara por haberse salvado su hija, yo insistía en suponer que la hija se había ahogado. Mi pensamiento cruzaba con pasos inmensos y vagos las pocas manzanas que nos separaban del río; entonces yo me imaginaba a la hija, a pocos centímetros de la superficie del agua; allí recibía la luz de una luna amarillenta; pero al mismo tiempo resplandecía de blanco, su lujoso vestido y la piel de sus brazos y su cara.
Tal vez aquel privilegio se debiera a las riquezas del padre y a sacrificios ignorados. A los que comían frente a mí y de espaldas al río, también los imaginaba ahogados: se inclinaban sobre los platos como si quisieran subir desde el centro del río y salir del agua; los que comíamos frente a ellos, les hacíamos una cortesía pero no les alcanzábamos la mano.
Una vez en aquel comedor oí unas palabras. Un comensal muy gordo había dicho: «Me voy a morir». Enseguida cayó con la cabeza en la sopa, como si la quisiera tomar sin cuchara; los demás habían dado vuelta sus cabezas para mirar la que estaba servida en el plato, y todos los cubiertos habían dejado de latir. Después, se había oído arrastrar las patas de las sillas, los sirvientes llevaron al muerto al cuarto de los sombreros e hicieron sonar el teléfono para llamar al médico. Y antes que el cadáver se enfriara ya todos habían vuelto a sus platos y se oían picotear los cubiertos.
Al poco tiempo yo empecé a disminuir las corridas por el teatro y a enfermarme de silencio. Me hundía en mí mismo como en un pantano. Mis compañeros de trabajo tropezaban conmigo, y yo empecé a ser un estorbo errante. Lo único que hacía bien era lustrar los botones de mi frac. Una vez un compañero me dijo: «¡Apúrate, hipopótamo!» Aquella palabra cayó en mi pantano, se me quedó pegada y empezó a hundirse. Después me dijeron otras cosas. Y cuando ya me habían llenado la memoria de palabras como cacharros sucios, evitaban tropezar conmigo y daban vuelta por otro lado para esquivar mi pantano.
Algún tiempo después me echaron del empleo y mi amigo extranjero me consiguió otro en un teatro inferior.
Allí iban mujeres mal vestidas y hombres que daban poca propina. Sin embargo, yo traté de conservar mi puesto. Pero en uno de aquellos días más desgraciados apareció ante mis ojos algo que me compensó de mis males. Había estado insinuándose poco a poco. Una noche me desperté en el silencio oscuro de mi pieza y vi en la pared empapelada de flores violetas, una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que ocurría algo extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla; pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los objetos míos.
No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa. ¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?Cada noche yo tenía más luz. De día había llenado la pared de clavos; y en la noche colgaba objetos de vidrio o porcelana: eran los que se veían mejor. En un pequeño ropero —donde estaban grabadas mis iniciales, pero no las había grabado yo—, guardaba copas atadas del pie con un hilo, botellas con el hilo al cuello, platitos atados en el calado del borde, tacitas con letras doradas, etc. Una noche me atacó un terror que casi me lleva a la locura.
Me había levantado para ve si me había quedado algo más en el ropero; no había encendido la luz eléctrica y vi mi cara y mis ojos en el espejo, con mi propia luz. Me desvanecí. Y cuando me desperté tenía la cabeza debajo dela cama y veía los fierros como si estuviera debajo de un vpuente. Me juré no mirar nunca más aquella cara mía y aquellos ojos de otro mundo. Eran de un color amarillo verdoso que brillaba como el triunfo de una enfermedad desconocida; los ojos eran grandes redondeles, y la cara estaba dividida en pedazos que nadie podría juntar ni comprender.
Me quedé despierto hasta que subió el ruido de los huesos serruchados y cortados con el hacha.
Al otro día recordé que hacía pocas noches iba subiendo el pasillo de la platea en penumbra y una mujer me había mirado los ojos con las cejas fruncidas. Otra noche mi amigo extranjero me había hecho burla diciéndome que mis ojos brillaban como los de los gatos. Yo trataba de no mirarme la cara en las vidrieras apagadas, y prefería no ver los objetos que había tras los vidrios. Después de haber pensado mucho en los modos de utilizar la luz, siempre había llegado a la conclusión de que debía utilizarla cuando estuviera solo.
En una de las cenas y antes que apareciera el dueño de casa en la portada blanca, vi la penumbra de la puerta entreabierta y sentí deseos de meter los ojos allí. Entonces empecé a planear la manera de entrar en aquella habitación, pues ya había entrevisto en ellas varias vitrinas cargadas de objetos y había sentido aumentar la luz de mis ojos.
El hall del gran comedor daba a una calle, pero la casa cruzaba toda la manzana y tenía la entrada principal por otra calle; yo ya me había paseado muchas veces por la calle del hall y había visto varias veces al mayordomo: era el único que andaba por allí a esas horas. Cuando caminaba de frente con las piernas y los brazos torcidos hacia afuera, parecía un orangután; pero al verlo de costado, con la cola del frac muy dura, parecía un bicharraco. Una tarde, antes de cenar, me atrevía a hablarle. Él me miraba escondiendo los ojos detrás de cejas espesas, mientras yo le decía:

Me gustaría hablarle de un asunto particular, pero tengo que pedirle reserva.
Usted dirá, señor.
Yo… ahora él miraba al piso y esperaba …tengo en los ojos una luz que me permite ver en la oscuridad…
Comprendo, señor.
¡Comprende, no! le contesté irritado. Usted no puede haber conocido a nadie que viera en
la oscuridad.
Dije que comprendía sus palabras, señor, pero ya lo creo que ellas me asombran.
Escuche. Si nosotros entramos a esa habitación la de los sombreros y cerramos la puerta, usted
puede poner encima de la mesa cualquier objeto que tenga en el bolsillo y yo le diré qué es.
Pero señor decía él, si en ese momento viniera…
Si es el dueño de la casa, yo le doy autorización para que se lo diga. Hágame el favor; es un
momentito nada más.
¿Y para qué?…
Ya se lo explicaré. Ponga cualquier cosa en la mesa apenas yo cierre la puerta, y enseguida le
diré…
Lo más pronto que pueda, señor…
Pasó ligero, se acercó a la mesa, yo cerré la puerta y al instante le dije:
¡Usted ha puesto la mano abierta y nada más!
Bueno, me basta, señor.
Pero ponga algo que tenga en el bolsillo…
Puso el pañuelo; y yo, riéndome, le dije:
¡Qué pañuelo sucio!
El también se rió, pero de pronto le salió un graznido ronco y enderezó hacia la puerta. Cuando la abrió tenía una mano en los ojos y temblaba. Entonces me di cuenta que me había visto la cara, y eso yo no lo había previsto. Él me decía, suplicante:
—¡Váyase, señor! ¡Váyase, señor!
Y empezó a cruzar el comedor. Estaba ya iluminado pero vacío.
En la próxima vez que el dueño de casa comió con nosotros, yo le pedí a mi amigo que me permitiera sentar me cerca de la cabecera donde se ubicaba el dueño—.
El mayordomo tendría que servir allí, y no podría esquivarme. Cuando trata el primer plato sintió sobre él mis ojos y le empezaron a temblar las manos. Mientras el ruido de los cubiertos entretenía el silencio, yo acosaba al mayordomo. Después lo volví a ver en el hall. Él me decía:
—¡Señor, usted me va a perder!
—Si no me escucha, ya lo creo que lo perderé.
—¿Pero qué quiere el señor de mí?
—Que me permita ver, simplemente ver, puesto que usted me revisará a la salida, las vitrinas de la habitación contigua al comedor.
Empezó a hacer señas con las manos y la cabeza antes de poder articular ninguna palabra. Y cuando pudo, dijo:
—Yo vine a esta casa, señor, hace muchos años…
A mí me daba pena, y fastidio de tener pena. Mi lujuria de ver me lo hacía considerar como un obstáculo complicado. Él me hacía la historia de su vida y me explicaba por qué no podía traicionar al dueño de casa. Entonces lo interrumpí intimidándolo:
—Todo eso es inútil puesto que él no se enterará, además, usted se portaría mucho peor si yo le revolviera la cabeza por dentro. Esta noche vendré a las dos, y estaré en aquella habitación hasta las tres.
—Señor, revuélvame la cabeza y máteme.
—No; te ocurrirían cosas mucho más horribles que la muerte.
Y en el instante de irme le repetí:
—Esta noche, a las dos, estaré en la puerta.
Al salir de allí necesité pensar algo que me justificara. Entonces me dije: «Cuando él vea que no ocurre nadano sufrirá más». Yo quería ir esa noche porque me tocaba cenar allí, y aquellas comidas con sus vinos me excitaban mucho y me aumentaban la luz.
Durante esa cena el mayordomo no estuvo tan nervioso como yo esperaba, y pensé que no me abriría la puerta. __________ fui a las dos, y me abrió. __________, mientras cruzaba el comedor detrás de él y de su candelabro, se me ocurrió la idea de que él no había resistido la tortura de la amenaza, le había contado todo el dueño y me tendrían preparada una trampa. Apenas entramos en la habitación de las vitrinas lo miré: tenía los ojos bajos y la cara inexpresiva; entonces le dije:
—Tráigame un colchón. Veo mejor desde el piso y quiero tener el cuerpo cómodo.
Vaciló haciendo movimientos con el candelabro y se fue. Cuando me quedé solo y empecé a mirar, creí estar en el centro de una constelación. Después pensé que me atraparían. El mayordomo tardaba. Para prenderme a mí no hubieran necesitado un colchón con una mano porque en la otra traía el candelabro. Y con voz que sonó demasiado entre aquellas vitrinas, dijo:
—Volveré a las tres.
Al principio yo tenía miedo de verme reflejado en los grandes espejos o en los cristales de las vitrinas. Pero tirado en el suelo no me alcanzaría ninguno de ellos. ¿Por qué el mayordomo estaría tan tranquilo? Mi luz anduvo vagando por aquel universo, pero yo no podía alegrarme. Después de tanta audacia para llegar hasta allí, me faltaba el coraje para estar tranquilo. Yo podía mirar una cosa y hacerla mía teniéndola en mi luz un buen rato, pero era necesario estar despreocupado y saber que tenía derecho a mirarla. Me decidí a observar un pequeño rincón que tenía cerca de los ojos. Había un libro de misa con tapas de carey veteado como el azúcar quemado, pero en una de las esquinas tenía un calado sobre el que descansaba una flor aplastada. Al lado de él enroscado como un reptil, yacía un rosario de piedras preciosas. Esos objetos estaban al pie de abanicos que parecían bailarinas abriendo sus anchas polleras; mi luz perdió un poco de estabilidad al pasar sobre algunos que tenían lentejuelas; y por fin se detuvo en otro que tenía un chino con cara de nácar y traje de seda. Sólo aquel chino podía estar aislado en aquella inmensidad; tenía una manera de estar fijo que hacía pensar en el misterio de la estupidez. Sin embargo, él fue lo único que yo pude hacer mío aquella noche. Al salir quise darle una propina al mayordomo.
Pero él la rechazó diciendo:
—Yo no hago esto por interés, señor; lo hago obligado por usted.
En la segunda sesión miré miniaturas de jaspe, pero al pasar mi luz por encima de un pequeño puente sobre él cruzaban elefantes me di cuenta de que en aquella habitación había otra luz que no era la mía. Di vuelta los ojos antes que la cabeza y vi avanzar una mujer blanca con un candelabro. Venía desde el principio de la ancha avenida bordeada de vitrinas. Me empezaron espasmos en la sien que enseguida corrieron como ríos dormidos a través de las mejillas; después los espasmos me envolvieron el pelo con vueltas de turbante. Por último aquello descendió por las piernas y se anudó en las rodillas. La mujer venía con la cabeza fija y el paso lento. Yo esperaba que su envoltura de luz llegara hasta el colchón y ella soltara un grito. Se detenía unos instantes; y al renovar los pasos yo pensaba que tenía tiempo de escapar; pero no me podía mover. A pesar de las pequeñas sombras en la cara se veía que aquella mujer era bellísima: parecía haber sido hecha con las manos y después de haberla bosquejado en un papel. Se acercaba demasiado, pero yo pensaba quedarme quieto hasta el fin del mundo. Se paró a un costado del colchón. Después empezó a caminar pisando con un pie en el piso y el otro en el colchón. Yo estaba como un muñeco extendido en un escaparate mientras ella pisara con un pie en el cordón de la vereda y el otro en la calle. Después permanecí inmóvil a pesar de que la luz de ella se movía de una manera extraña. Cuando la vi pasar de vuelta, ella hacía un camino en forma de eses por entre el espacio de una vitrina a la otra, y la cola del peinador se iba enredando suavemente en las patas de las vitrinas. Tuve la sensación de haber dormido un poco antes que ella hubiera llegado a la puerta del fondo. La había dejado abierta al venir y también la dejó irse. Todavía no había desaparecido del todo la luz de ella, cuando descubrí que había otra detrás de mí. Ahora me puede levantar. Tomé el colchón por una punta y salí para encontrarme con el mayordomo. Le templaba todo el cuerpo y el candelabro. No podía entender lo que decía porque le castañeteaban los dientes postizos.
Yo sabía que en próxima sesión ella aparecería de nuevo; no podía concentrarme para mirar nada, y no hacía otra cosa que esperarla. Apareció y me sentí más tranquilo. Todos los hechos eran iguales a la primera vez; el hueco de los ojos conservaba la misma fijeza; pero no sé dónde estaba lo que cada noche tenía de diferente. Al mismo tiempo yo ya sentía costumbre y ternura. Cuando ella venía cerca del colchón tuve una rápida inquietud: me di cuenta que no pasaría por la orilla sino que cruzaría por encima de mí. Volví a sentir terror y a creer que ella gritaría. Se detuvo cerca de mis pies. Después dio un paso sobre el colchón; otro encima de mis rodillas —que temblaron, se abrieron e hicieron resbalar el pie de ella— otro paso del otro pie en el colchón; otro paso en la boca de mi estómago; otro más en el colchón, y otro de manera que su pie descalzo se apoyó en mi garganta. Y después perdí el sentido de lo que ocurría de la más delicada manera: pasó por mi cara toda la cola de su peinador perfumado.
Cada noche los hechos eran más percibidos; pero yo tenía sentimientos distintos. Después todos se fundían y las noches parecían pocas. La cola del peinador borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar espacios de unaire tan delicado como el que hubiera podido mover las sábanas de la infancia. A veces ella interrumpía un instante el roce de la cola sobre mi cara; entonces yo sentía la angustia de que me cortaran la comunicación y la amenaza de un presente desconocido. Pero cuando el roce continuaba y el abismo quedaba salvado, yo pensaba en una broma de la ternura y bebía con fruición todo el resto de la cola.
A veces el mayordomo me decía:
¡Ah, señor! ¡Cuánto tarda en descubrirse todo esto! Pero yo iba a mi pieza, cepillaba lentamente mi traje negro en el lugar de las rodillas y el estómago, y después me acostaba para pensar en ella. Había olvidado mi propia luz: la hubiera dado toda por recordar con más precisión cómo la envolvía a ella la luz de su candelabro.
Repasaba sus pasos y me imaginaba que una noche ella se detendría cerca de mí y se hincaría; entonces, en vez del peinador, yo sentiría sus cabellos y sus labios. Todo esto lo componía de muchas maneras; y a veces le ponía palabras: «Querido mío, yo te mentía…» Pero esas palabras no me parecían de ella y tenía que empezar a suponer todo de nuevo. Esos ensayos no me dejaban dormir; y hasta penetraban un poco en los sueños. Una vez soñé que ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era le vestido blanco de la novia con una larga cola que ella llevaba lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de un color negro muy brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo, yo me sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma. Yo le había trasmitido al perro una idea y él la había recibido con una sonrisa. Era ésta: «Tú te dejas llevar pero tú piensas en otra cosa».
Después, en la madrugada, oía serruchar la carne y golpear con el hacha.Una noche en que había recibido pocas propinas, salí del teatro y bajé hasta la calle más próxima al frío. Mis piernas estaban cansadas, pero mis ojos tenían gran necesidad de ver. Al pararme en una casucha de libros viejos vi pasar una pareja de extranjeros; él iba vestido de negro y con una gorra de apache; ella llevaba en la cabeza una mantilla española y hablaba en alemán. Yo caminaba en dirección de ellos, pero ellos iban apurados y me habían sacado ventaja. Sin embargo, al llegar a la esquina tropezaron con un niño que vendía caramelos y le desparramaron los paquetes. Ella se reía, le ayudaban a juntar la mercancía y al fin le dio unas monedas.
Y fue al volverse a mirar por última vez al vendedor, cuando reconocí a mi sonámbula y me sentí caer en un pozo de aire. Seguí a la pareja ansiosamente; yo también tropecé con una gorda que me dijo:
—Mirá por donde vas, imbécil.
Yo casi corría y estaba a punto de sollozar. Ellos llegaron a un cine barato, y cuando él fue a sacar las entradas ella dio vuelta la cabeza. Me miró con cierta insistencia porque vio mi ansiedad, pero no me conoció. Yo no tenía la menor idea. Al entrar me senté algunas filas delante de ellos y, en una de las veces que me di vuelta para mirarla, ella debe haber visto mis ojos en la oscuridad, pues empezó a hablarle a él con alguna agitación.
Al rato yo me di vuelta otra vez; ellos hablaron de nuevo, pero pocas palabras y en voz alta. E inmediatamente abandonaron la sala. Yo también. Corría detrás de ella sin saber lo que iba a hacer. Ella no me reconocía; y además se me escapaba con otro. Yo nunca había tenido tanta excitación y aunque sospechaba que no iría a buen fin, no podía detenerme. Estaba seguro de que en todo aquello había confusión de destinos; pero el hombre que iba apretado al brazo de ella se había hundido la gorra hasta las orejas y caminaba cada vez más ligero. Los tres nos precipitábamos como en un peligro de incendio; yo ya iba cerca de ellos, y esperaba quién sabe que desenlace.
Ellos bajaron la vereda y empezaron a cruzar la calle corriendo; yo iba a hacer lo mismo, y en ese instante me detuvo otro hombre de gorra; estaba sentado en un auto, había descargado un cornetazo y me estaba insultando.
Apenas desapareció el auto yo vi a la pareja acercarse a un policía. Con el mismo ritmo con que caminaba tras ellos me decidí a ir para otro lado. A los pocos metros me di vuelta, pero no vi a nadie que me siguiera. Entonces empecé a disminuir la velocidad y a reconocer el mundo de todos los días. Había que andar despacio y pensar mucho. Me di cuenta que iba a tener una gran angustia y entré en una taberna que tenía poca luz y poca gente; pedí vino y empecé a gastar de las propinas que reservaba para pagar la pieza. La luz salía hacia la calle por entre las rejas de una ventana abierta; y se le veían brillar las hojas de un árbol que estaba parado en el cordón de la vereda. A mí me costaba decidirme a pensar en lo que pasaba. El piso era de tablas viejas con agujeros. Yo
pensaba que el mundo en que ella y yo nos habíamos encontrado era inviolable; ella no lo podría abandonar después de haberme pasado tantas veces la cola del peinador por la cara; aquello era un ritual en que se anunciaba el cumplimiento de un mandato. Yo tendría que hacer algo. O tal vez esperar algún aviso que ella me diera en una de aquellas noches. Sin embargo, ella no parecía saber el peligro que corría en sus noches despiertas, cuando violaba lo que le indicaban los pasos del sueño. Yo me sentía orgulloso de ser un acomodador, de estar en la más pobre taberna y de saber, yo solo —ni siquiera ella lo sabía—, que con mi luz había penetrado en un mundo cerrado para todos los demás. Cuando salí de la taberna vi un hombre que llevaba gorra. Después vi otros. Entonces tuve una idea de los hombres de gorra: eran seres que andaban por todas partes, pero que no tenían nada que ver conmigo. Subí a un tranvía pensando que cuando fuera a la sala de las vitrinas llevaría escondida una gorra y de pronto se la mostraría. Un hombre gordo descargó su cuerpo, al sentarse a mi lado, y yo ya no pude pensar más nada.
A la próxima reunión yo llevé la gorra, pero no sabía si la utilizaría. Sin embargo, apenas ella apareció en el fondo de la sala, yo saqué la gorra y empecé a hacer señales como con un farol negro. De pronto la mujer se detuvo y yo, instintivamente, guardé la gorra; pero cuando ella empezó a caminar volví a sacarla y a hacer las señales. Cuando ella se paró cerca del colchón tuve miedo y le tiré con la gorra; primero le pegó en el pecho y después cayó a sus pies. Todavía pasaron unos instantes antes de que ella soltara un grito. Se le cayó el candelabro haciendo ruido y apagándose. Enseguida oí caer el bulto blando de su cuerpo seguido de un golpe más duro que
sería la cabeza. Yo me paré y abrí los brazos como para tantear una vitrina, pero en ese instante me encontré con mi propia luz que empezaba a crecer sobre el cuerpo de ella. Había caído como si enseguida fuera a tener un sueño dichoso; los brazos le habían quedado entreabiertos, la cabeza echada hacia un lado y la cara pudorosamente escondida bajo las ondas del pelo. Yo recorría su cuerpo con mi luz como un bandido que la registrara con una linterna; y cerca de los pies me sorprendí al encontrar un gran sello negro, en el que pronto reconocí mi gorra.
Mi luz no sólo iluminaba a aquella mujer, sino que tomaba algo de ella. Yo miraba complacido la gorra y pensaba que era mía y no de ningún otro, pero de pronto mis ojos empezaron a ver en los pies de ella un color amarillo verdoso parecido al de mi cara aquella noche que la vi en el espejo de mi ropero. Aquel color se hacía más brillante en algunos lados del pie y se oscurecía en otros. Al instante aparecieron pedacitos blancos que me hicieron pensar en los huesos de los dedos. Ya el horror giraba en mi cabeza como un humo sin salida. Empecé a hacer de nuevo el recorrido de aquel cuerpo; ya no era el mismo, y yo no reconocía su forma; a la altura del vientre encontré, perdida, una de sus manos, y no veía en ella nada más que los huesos. No quería mirar más y hacía un gran esfuerzo para bajar los párpados. Pero mis ojos, como dos gusanos que se movieran por su cuenta dentro de mis órbitas, siguieron revolviéndose hasta que la luz que proyectaban llegó hasta la cabeza de ella. Carecía por completo de pelo, y los huesos de la cara tenía un brillo espectral como el de un astro visto con un telescopio. Y de pronto oí al mayordomo: caminaba fuerte, encendía todas las luces y hablaba enloquecido. Ella volvió a recobrar sus formas, pero yo no la quería mirar. Por una puerta que yo no había visto entró el dueño de casa y fue corriendo a levantar a la hija. Salía con ella en brazos cuando apareció otra mujer; todos se iban, y el mayordomo no dejaba de gritar:
—Él tuvo la culpa; tiene una luz del infierno en los ojos. Yo no quería y él me obligó…
Apenas me quedé solo pensé que me ocurría algo muy grave. Podría haberme ido; pero me quedé hasta que entró de nuevo el dueño. Detrás venía el mayordomo y dijo:
—¡Todavía está aquí!
Yo iba a contestarle. Tardé en encontrar la respuesta; sería más o menos esta: «No soy persona de irme así de una casa. Además tengo que dar una explicación». Pero también me vino la idea de que sería más digno no contestar al mayordomo. El dueño ya había llegado hasta mí. Se arreglaba el pelo con los dedos y parecía muy preocupado. Levantó la cabeza con orgullo y, con el ceño frun-
cido y los ojos empequeñecidos, me preguntó:
—¿Mi hija lo invitó a venir a este lugar?
Su voz parecía venir de un doble fondo que él tuviera en su persona. Yo me quedé tan desconcertado que no pude decir más que:
—No, señor. Yo venía a ver estos objetos… y ella me caminaba por encima…
El dueño iba a hablar, pero se quedó con la boca entreabierta. Volvió a pasarse los dedos por el pelo y parecía pensar: «No esperaba esta complicación».
El mayordomo empezó a explicarle otra vez la luz del infierno y todo lo demás. Yo sentía que toda mi vida era una cosa que los demás no comprendían. Quise reconquistar el orgullo y dije:
—Señor, usted no podrá entender nunca. Si le es más cómodo, envíeme a la comisaría.
Él también recobró su orgullo:
—No llamaré a la policía, porque usted ha sido mi invitado, pero ha abusado de mi confianza, y espero que su dignidad le aconsejará lo que debe hacer. Entonces yo empecé a pensar un insulto. Lo primero que me vino a la cabeza fue decirle «mugriento». Pero enseguida quise pensar en otro. Y fue en esos instantes cuando se abrió, sola, una vitrina, y cayó al suelo una mandolina. Todos escuchamos atentamente el sonido de la caja armónica y de las cuerdas. Después el dueño se dio vuelta y se iba para adentro en el momento que el mayordomo fue a recoger la mandolina; le costó decidirse a tomarla, como si desconfiara de algún embrujo; pero la pobre mandolina parecía, más bien, un ave disecada. Yo también me di vuelta y empecé a cruzar el comedor haciendo sonar mis pasos; era como si anduviera dentro de un instrumento.
En los días que siguieron tuve mucha depresión y me volvieron a echar del empleo. Una noche intenté colgar mis objetos de vidrio en la pared, pero me parecieron ridículos. Además fui perdiendo la luz; apenas veía el dorso de mi mano cuando la pasaba por delante de los ojos.



Felisberto Hernández (Montevideo, 20 de octubre de 1902 — Montevideo, 13 de enero de 1964) fue un escritor uruguayo que se caracteriza por unas obras de literatura fantástica pero basadas en la experiencia más personal.